«Poeta mayúsculo, crítico de arte, ensayista y novelista. Marcos-Ricardo Barnatán es una figura indispensable de la cultura española y latinoamericana. Acaba de publicar sus memorias que, como su vida, están atravesadas por el amor a la literatura.»

Marcos-Ricardo Barnatán (Buenos Aires 1946) es un cosmopolita natural, culto, gran conversador y que tiene un genuino fervor por la cultura. Su inquietud le ha llevado a publicar medio centenar de libros, entre los que destacan sus trabajos sobre Borges (su biografía es, sin lugar a duda, el texto biográfico concluyente sobre el autor de El Aleph), sus novelas, sus ensayos, sus antologías (la antología de la Generación Beat es imprescindible) y, sobre todo, su obra poética ,trufada de exquisita erudición.  Por si eso fuera poco, ha iluminado a varias generaciones con sus críticas literarias y de arte.

Acaba de publicar El Príncipe de Alepo, un texto memorialístico (“poliédrico cuaderno memorístico” lo llama el autor en su nota introductoria), en el que se desgrana desde su infancia en el seno de una familia judía bonaerense hasta las pulsiones, literarias y afectivas, que el autor va experimentando a lo largo de los años. Es un libro apasionante, poblado de grandes maestros -casi todos desaparecidos- que trataron con el autor. Barnatán, que a menudo había jugado con lo autobiográfico en su literatura, nos regala estas memorias, no exhaustivas y siempre elegantes, que consiguen contagiarnos sus afectos, tanto intelectuales como personales.

En el principio del libro diseccionas los orígenes de tu familia y tu infancia. Llama la atención cómo, ya desde la niñez, te sientes orgulloso de ser diferente a tu entorno, de ser judío.

Sí, siendo niño, entendía mi pertenencia al judaísmo como un privilegio casi secreto, encarnado en unas fiestas casi privadas, en un ritual misterioso del que mi abuelo era su representante más cercano. Esa diferencia la asumía sin complejos, muy al contrario era un sentimiento aristocrático.

Hay un momento muy emotivo en el que tu padre no está a favor de que aprendas hebreo ni hagas el bar-mitzvá. Pero pudiste comprobar cómo se le escapaba alguna lágrima desde la bancada. El peso de la tradición se impuso a su opinión, al peso de la razón.

Mi padre no era creyente y no quería que hiciera mi bar-mitzvá, pero yo me alié con mi abuelo y conseguí un profesor de hebreo llamado Moisés Franco y hacer la ceremonia de ingreso en la comunidad en un templo donde el rabino Ángel tenía autoridad. Fue curioso que a mi padre, sentado en la primera bancada de la sinagoga, se le escaparan unas lágrimas cuando el rabino me dio su bendición. Eso me reconfortó: la tradición era más poderosa que su razón.

También tu manera de sentir el judaísmo evoluciona. De observante a más cultural. Y cómo poco a poco te ves más implicado con lo que le ocurre a Israel

Claro, mi observancia religiosa fue muy breve. Cumplir con las obligaciones que tiene un judío durante el día es bastante difícil, sobre todo a los trece o catorce años. Mi interés fue cada vez más cultural. En 1967, cuando estalló la Guerra de los Seis Días, comprendí que el judaísmo era algo más que un ritual privado, y que cada judío forma parte de un todo que estaba gravemente amenazado. Un nuevo holocausto era posible, y esa alarma me movilizó junto a Israel. Esa es una pulsión que sigue viva y que transmití a mi hijo.

«Cuando estalló la Guerra de los Seis Días, comprendí que el judaísmo era algo más que un ritual privado, y que cada judío forma parte de un todo que estaba gravemente amenazado.»

Tu llegada a Barcelona y el contacto con los intelectuales locales se inicia con un joven Gimferrer. Es muy interesante el intercambio de información literaria. Él te guiaba en la tradición española y tú en la latinoamericana ¿Cómo fue ese intercambio?

Llegué a Barcelona en enero de 1965, con 18 años, y tuve la suerte de conocer entonces a Pedro Gimferrer. Las semanas que pasé en Barcelona fueron el comienzo de una gran amistad.  Es verdad Pedro estaba muy interesado en conocer quiénes eran mis escritores latinoamericanos preferidos y buscar sus libros. En mi lista estaban Borges, Octavio Paz, Mujíca Laínez, o Bioy Casares, entre otros. Y Pedro me recomendó a Vicente Aleixandre y a Jorge Guillén.

Nada más llegar a la capital,  entraste también en contacto con la intelectualidad madrileña ¿cómo fue ese proceso de entrar en el mundo del Madrid literario, poético y de las tertulias?

El Madrid de 1965  fue muy decepcionante para un joven que venía de Buenos Aires. Salvo unas pocas excepciones que eran islas en un mar demasiado gris. Visitar a Aleixandre en su casa de la calle Velintonia fue la principal de esas islas. Pronto conocí a jóvenes escritores en la facultad, sobre todo latinoamericanos, y me llevaron a las tertulias del Café Gijón donde se mezclaban poetas de diferentes generaciones, oficialistas y represaliados.

Diez años después, tras la muerte de Franco, se produjo un gran cambio en la vida cultural madrileña, cuando el alcalde de la ciudad era Tierno Galván. Nuestra querida amiga la escritora norteamericana Barbara Probst Solomon fue la primera en compararla con la ebullición de Nueva York. En ese tiempo teníamos a Warhol paseándose por la ciudad.

«El Madrid de 1965  fue muy decepcionante para un joven que venía de Buenos Aires. Salvo unas pocas excepciones que eran islas en un mar demasiado gris.»

Háblanos un poco de las polémicas poéticas de aquellos años, los venecianos, nueve novísimos, y la antología de cátedra de Joven poesía española.

Me tocó participar de lleno en el cambio de gusto de la nueva generación poética española, un resurgimiento del culturalismo y una estética renovadora de las poéticas anteriores. Sin ser aun español, no lo fui hasta 1981, me vi envuelto en aquellas batallas que provocó la antología de los novísimos de Castellet. A mi también se me llamó “veneciano”. Mis libros estaban más próximos a los novísimos Gimferrer, Carnero, Azúa, que a los continuadores de la poesía social. Y esas guerras me costaron también perder algunos amigos en el combate.

También tuviste relación con los grandes de la literatura Argentina: Bioy, Borges, Sábato. Unos de los pocos poetas e intelectuales que ha tenido relación con lo más egregio de las letras a los dos lados del charco. Lo cuentas sin darte importancia, pero es un verdadero privilegio.

Yo tuve la suerte de tener grandes maestros: Borges al que dediqué varios libros, Gershom Sholem, la máxima autoridad cabalística contemporánea y gran amigo de Walter Benjamin, Vicente Aleixandre. Me enorgullezco de ellos. Y también disfrutar de la amistad de escritores como Manuel Puig, Mujica Lainez, Ricardo Piglia, Cabrera Infante o Francisco Brines ,entre otros tantos.

Tengo mucho que contar sobre ellos, y no todo está en El Príncipe de Alepo al que como primicia te diré que seguirá otro libro Malsana Memoria.

Hay elogios a dos literatos que se llevaban mal entre ellos y con los que tuviste una relación muy intensa. A Carlos Barral, como poeta y a cabrera Infante, como narrador.

Estando en 1968 en Buenos Aires por obligaciones militares descubrí al poeta Carlos Barral, al que no había conocido aún personalmente. Me interesé mucho en su libro “Metropolitano” y desde entonces su literatura está entre mis preferencias españolas. Lo conocí ya en los años 70, en la Barcelona de Barral Editores, cuando me editó mis dos primeras novelas. Una de ellas, la titulada “El laberinto de Sión” fue mi carta de presentación en la primera visita que le hice en su casa de Londres al que sería mi gran amigo Guillermo Cabrera Infante. El cubano estaba enemistado con Barral por asuntos político-editoriales, y juró que leería mi novela siempre que le prometiera que en ella “nadie volaba”. Hecho el juramento Guillermo entró en la cumbre de mi Olimpo.