Salvó a cientos de familias sefardís de la Inquisición y fue mecenas de algunos de los grandes maestros de la pintura. Fue una de las mujeres más poderosas de su siglo y, sin embargo, es posible que no conozcas su historia

Fue una figura importantísima en el siglo XVI, mecenas que auspició obras de Tiziano o Miguel Ángel y que impulsó la traducción de la Biblia al judeoespañol. Pero más allá de la cultura, salvó a cientos de judíos sefardís y creó una ruta de escape de la Inquisición. A pesar de ser una de las mujeres más importantes de su época, y de su trascendencia histórica, no tiene el reconocimiento que se merece.

Gracia Nasi, también llamada Hannah Nasi, Beatriz de Luna, Gracia Mendes pero más conocida como “La señora” vivió una vida de película, plena de huidas, traiciones y en la que ella tuvo un papel heroico y audaz.

La señora nació en Portugal en 1510 en el seno de una familia judía aragonesa que fue expulsada en 1492, y cristianizada solo cinco años más tarde,  en 1497.  Su padre,   Shmuel Nasi, pasó a llamarse Álvaro de Luna pero la familia seguía, como tantas otras, la tradición judía en secreto. En 1528, Gracia se casa con su tío materno, Francisco Mendes, un importante empresario de las rutas con las Indias y banquero con varias sucursales por Europa. Solo siete años después de su matrimonio, enviuda y hereda la fortuna de su marido, compartida con la de su cuñado Diogo, hermano de su marido, casado, a su vez, con su hermana.

El establecimiento de la Inquisición en 1536 en Portugal provoca su huida hacia Amberes junto a su hermana y a su cuñado Diogo. Pero Amberes, centro financiero de Europa, también es dominio español y la Inquisición no tarda en detener a Diogo por judío, aunque logra ser liberado por intervención del Rey de Portugal. La vida de Amberes no es fácil pero La señora demuestra moverse con habilidad en aguas turbulentas y, al ser acusada de criptojudía, logra zafarse mediante el soborno y un préstamo colosal al emperador Carlos V. Sin embargo, su vida estaba lejos de estabilizarse; su cuñado Diogo muere, y la nombra albacea de su fortuna y administradora de sus empresas, lo que inicia un pleito familiar con su hermana.

Las presiones para casar a su hija con alguien de la corte y el enrarecido ambiente de Amberes llevan a Gracia Nasi a cambiar de nuevo de ciudad y se muda a Venecia. Las autoridades imperiales, irritadas por la marcha de tal fortuna, acusan a las hermanas de apostasía y embargan todos sus bienes pero un sobrino, Joao Micas, consigue negociar y recuperar gran parte de ese patrimonio, aunque es forzado a condonar las deudas del emperador.

Venecia, a pesar de su gran e insalubre gueto para los judíos, era bastante tolerante con los judíos conversos y en pocas ocasiones eran acusados. Por eso, La señora se instaló en el Gran canal, pero su riqueza y la traición de su hermana hizo que tuviera que enfrenterase a un tribunal que decretó que ella quedaría recluida en Venecia, y aunque efectivamente administraría los bienes familiares, la mitad de los mismos pasaría al gobierno veneciano hasta que su hija cumpliera 18 años.

Gracia ya tenía experiencia en estas lides de rapiña administrativa y, antes de que esta expropiación temporal se produjera, marchó a Ferrara, donde el Duque las recibió con honores.

En Ferrara ya había una comunidad sefardí y, por primera vez en su vida, no tenía que ocultarse e incluso dejó de usar su nombre cristiano, Beatriz.

En Ferrara se hizo una gran mecenas del arte y de las letras. La célebre Biblia de Ferrara está, de hecho, dedicada a ella. Pero es también en este periodo donde empieza a urdir redes y rutas para ayudar a escapar a los judíos peninsulares y ubicarlos en lugares seguros. Para ello, utilizaba su flota mercante y escondía a judíos en las sentinas o en espacios reservados a las mercancías. Sus agentes comerciales se convirtieron en agentes de ayuda que organizaban estos trayectos y financiaban las necesidades básicas de los huidos.

No obstante, sus viajes no habían llegado a su fin y, tras un paso fugaz por Venecia, la señora acaba en Constantinopla y allí asume el liderazgo del mundo sefardí en el Imperio Otomano. Continúa extendiendo las rutas de escape de la península ibérica, ayuda a los judíos cautivos o perseguidos, y financia sinagogas y hospitales por todo el imperio otomano. Muchas de las familias sefardís han llegado a nuestros días gracias a los esfuerzos de Gracia Nasi; una señora que fue fuerte, astuta y firme en un tiempo muy hostil y que se recuperó cada vez de los golpes recibidos. Una vida, sin duda, de película.