En los juegos olímpicos de Tokio en 1964, una joven judía polaca de 18 años de 1,76 de altura, sorprendía la mundo haciéndose con tres medallas en atletismo. Participaría en cuatro juegos más y batiría ocho récords mundiales.

Si no eres un fanático del deporte, quizás no sepas quién era Irena Szewinska. Apodada “la reina del sprint”, se convirtió en un referente indiscutible del deporte femenino y en una de las mejores atletas de la historia. Consiguió 10 plusmarcas mundiales y fue la primera mujer en bajar de los 50 segundos en los 400 metros. En 1974 fue reconocida como “la mejor atleta del mundo” y todavía hoy es la única persona (hombre o mujer) que ha conseguido ser plusmarquista en 100, 200 y 400 metros.

Irena Kirszenstein (apellido de soltera) nació en Leningrado (hoy San Petersburgo) en el seno de una familia judía polaca que había salido de su país en la Segunda Guerra Mundial. Siendo todavía un bebé, muere su padre, Jakub Kirszenstein, un ingeniero acústico, y se traslada con su madre a Varsovia, donde tiene una infancia difícil en los años de la inmediata posguerra. Con solo 14 años empieza a competir, motivada por unas imágenes de televisión de Wilma Rudolph, la gacela negra, en los Juegos de Roma de 1960. Cuatro años más tarde, ya se hace con tres preseas de oro en los Juegos Europeos Junior de Atletismo.

Su carrera no había hecho más que empezar. Solo un mes después participaría en los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964 y, con solo 18 años, consiguió hacerse con la medalla de plata en salto de longitud, la medalla de plata en los 200 metros y el oro en los relevos de 4×100 con el equipo polaco. Había nacido una estrella del deporte. Dos años después, en los europeos de Budapest, conseguiría tres medallas de oro y una de plata.

En sus segundos juegos olímpicos, celebrados en México en 1968, consigue el oro en los 200 metros (batiendo su propio récord mundial) y la plata en los 100 metros. Sin estar plenamente recuperada de su reciente maternidad, consiguió un bronce en los europeos de Helsinki y una medalla de bronce en los 200 metros en los juegos olímpicos de Múnich en 1972.

A pesar de conseguir dos oros y un bronce en el campeonato europeo de Roma de 1974, de recuperar el record mundial en los 200 metros, y de ser nombrada ”la mejor atleta del mundo”, decide cambiar de especialidad y competir en los 400 metros.

En esa especialidad, que combina la velocidad y la resistencia, consigue la increíble hazaña de ser la primera mujer en bajar de los 50 segundos y de ganar el oro olímpico en Montreal 76 con una marca de 49,29 segundos.

Aunque participó en unos quintos juegos (Moscú 80), no consiguió ninguna medalla pero para poder valorar la gesta deportiva de Irena Szewinska no solo tenemos las siete medallas olímpicas y su participación en cinco ediciones de los juegos; no solo el hecho de que sea el único ser humano que ha batido récords mundiales en 100, 200 y 400 metros, ni sus 10 medallas europeas. Ni siquiera que consiguiera plusmarquista en ocho ocasiones. Es que su mejor marca de 49,29 en el año 1974 es inferior, mejor, que la que consiguió el oro en los juegos de Atenas 2004, Pekin 2008, Londres 2012 o en Rio de Janeiro 2016.

Irena dedicó el resto de su vida al atletismo desde el Comité Olímpico Internacional hasta que un cáncer se la llevó en el año 2018. Fue una de las más atletas más sobresalientes de la historia.

Su nombre está en el International Jewish Sports Hall of Fame y en el Salón de la fama del Atletismo pero, con seguridad, su fama no está -todavía- a la altura de sus logros.

Las marcas se superan y los atletas van dejando paso a nuevos talentos. Cada época tiene sus ídolos. Pero en la historia del deporte hay personas que dejan su huella de un modo más duradero. Este es el caso de Irena Szewinska, que con su elegancia y tenacidad, llevó el atletismo a un nivel que, incluso hoy, cuarenta y cinco años después, hay que ser de los mejores para poder igualarlo.