Isaac Abecasis Benzaquén pertenece a las 10.671 personas en Andalucía que, habiendo contraído la COVID-19, han sobrevivido. Existe otra cifra, la de los 10.000 fallecidos solo en la misma comunidad. Y otra más, la de las 80.615 personas que han perdido la vida en España desde que la pesadilla empezó.

Este funcionario de Hacienda, en este momento aún de baja médica, sabe lo que son las pesadillas del coronavirus. Las experimentó durante su paso por la UCI, donde le mantuvieron en coma inducido 33 días. Demasiadas jornadas en una nebulosa extraña que, sin duda, le han dejado secuelas, físicas y psíquicas.

Escribir le ha permitido empezar a curarse de las segundas, de ahí que publique justo ahora “Mi lucha a muerte contra el coronavirus”, unas memorias personales donde narra su día a día contra la enfermedad. El 22 de junio las presentará en su ciudad de crianza -Ceuta, aunque Isaac naciese en Tetúan-, concretamente en la Biblioteca Pública Adolfo Suárez. En Málaga hará lo propio el 29 de junio, en el Hotel Eurostars.

Conocer un testimonio de tal proximidad es vital para comprender el alcance de una pandemia que, si bien nos ha cambiado la vida a todos, para unos ha supuesto un antes y un después. Desde que Isaac empezase a tener síntomas del virus, el viernes 13 de marzo 2020, hasta su alta hospitalaria -que no médica-, su vida ha cambiado para siempre. “Esta experiencia me ha enseñado a disfrutar la vida”, reconoce. Incluso el carácter le ha cambiado, pues si bien antes era poco hablador y tímido, ahora se siente “optimista”, y explica su concepto de la crisis: “Creo que esto ha sido una llamada de la naturaleza, llámale Dios o universo, y significa que aquí estábamos haciendo las cosas mal”.

Una pesadilla muy real

Cuando Isaac Abecasis despertó del coma inducido en el que estuvo durante más de un mes, estaba en la UCI. “Los enfermeros llevaban los EPI puestos, tenía una traqueotomía hecha y no podía hablar, mis circunstancias eran muy lamentables”, recuerda. El problema era que, tras padecer una neumonía bilateral, sus pulmones estaban muy afectados y no podía respirar por sí mismo. Isaac narra con precisión el protocolo aplicado al principio de la epidemia, y que pasaba por poner un respirador y una mascarilla; el plan b consistía en aplicar la popularmente conocida como técnica de la momia (“consistente en liarte en una sábana y darte la vuelta”), con la que se colocaba al enfermo boca abajo durante un tiempo limitado, si bien podía llegar a las 10 o 12 horas (fue su caso). “Es de esta forma cómo los bronquios y los alveolos se abren mejor, pudiéndose respirar mejor”, detalla.

Finalmente pasó 55 días en total en el Hospital Universitario Regional de Málaga. Perdió 24 kilos y supo lo que es tener, entre otras cosas, una sonda nasofaringea (“un tubo por la nariz que te alimenta, llegando hasta el estómago”). Se quedó sin masa muscular, lo que hizo que requiriera, para su rehabilitación, fisioterapia. No podía hablar. Los episodios de ansiedad empezaron allí, en la UCI, de la que guarda recuerdos oníricos, difusos, angustiosos. Tenía pesadillas relacionadas con cuestiones médicas, si bien a nivel espiritual sí que experimentó un sueño que recuerda con nitidez y que contrasta con la oscuridad vivida aquellos días.

La memoria como terapia

Episodios como estos los ha plasmado en un libro que ha afrontado como parte de su proceso de recuperación, a sugerencia de la psicóloga que le ha brindado ayuda terapéutica. Son muchas las personas -expacientes de coronavirus- que sufren estrés postraumático. Confiesa que ha tenido muchos altibajos, y que una recuperación en plena pandemia, con la muerte asolando los informativos, los fallecimientos de amigos íntimos incluso, no ha sido de ayuda precisamente. “Es un contexto de continuo recuerdo, de situaciones que te hacen recordar el pasado… estoy entre el duelo y la resignación”.

Su doctora le dijo que, al tratarse de un virus nuevo, se desconocía el alcance sus secuelas. Preguntas sin respuesta e incertidumbres fueron, y siguen siendo, su pan de cada día. “He aprendido otra vez a moverme, a caminar, he recuperado el sentido del gusto, que había perdido, comer era un suplicio”, rememora. Aunque lo más extremo tiene que ver con un estado de vulnerabilidad que hizo que el hospital se convirtiera en su casa (“me sentía más seguro allí”).

La comunidad sanitaria

Quizá no se repita lo suficiente lo mucho que hemos dependido, que seguimos dependiendo, de la comunidad sanitaria y la Sanidad Pública en esta crisis de alcance global. Isaac Abecasis no se cansa de referirse a ellos y ellas: los sanitarios que le curaron y cuidaron hasta límites insospechados. Especialmente conmovedor es el relato que cuenta acerca de la enfermera que le mantuvo la mano cogida, una noche, hasta que pudo dormir. Venciendo la ansiedad.

El personal del hospital aplaudía a rabiar a todos aquellos enfermos que, como él, salían de aquella. Este funcionario solo guarda palabras de agradecimiento hacia ellos. Todavía llora al ver esas imágenes, saliendo de la UCI: “Para ellos era un éxito, el paseo se lo pasaban aplaudiendo y gritando sí se puede, yo estaba en una burbuja y les aplaudía a ellos, porque habían luchado por mí, ellos en cambio decían que era trabajo mío, pero no, ellos lo hicieron”.

¿Y cómo observa los movimientos negacionistas en relación con esta crisis global? Responde que normalmente le gusta enseñar la cicatriz de la traqueotomía: “Esta es mi memoria, la evidencia de que esto existe, y que hay gente que se ha ido porque no ha podido superarlo, me siento un ser privilegiado y doy gracias a Dios y a los sanitarios”.