Durante algunos años de la primera mitad del siglo XX, el boxeo fue un deporte eminentemente judío: boxeadores, preparadores o promotores judíos copaban todas las capas de este deporte.

Ya en algún articulo anterior de esta revista habíamos mencionado la importancia de los judíos en la historia del boxeo. Lo cierto es que es de común conocimiento que el pueblo judío ha dado grandes figuras relacionadas con la intelectualidad, las artes y las ciencias pero no es tan popular su papel destacado en el deporte y, en concreto, en el boxeo. Y es que no sería posible entender el boxeo y su evolución sin la aportación de destacados púgiles judíos que sentaron algunas de las bases de lo que fue el boxeo moderno.

Innovadores

No solo por sus resultados y sus números, también por su contribución a la modernización de las técnicas dentro del cuadrilátero, destacan en especial dos púgiles. El primero es Daniel Mendoza, de origen sefardí portugués. Nacido en 1764 en Londres, con 16 años trabajaba para un comerciante de té en Aldgate y se decidió que una disputa comercial se resolvería con un combate de boxeo. Esos fueron los inicios de una carrera que estaría marcada por las victorias y el tesón de Mendoza que con solo 72 kilos se empecinó en luchar en la categoría de pesos pesados.

Pero lo que haría grande a este púgil sería la creación de lo que se llamó el “boxeo científico”. Hasta ese momento, los boxeadores permanecían más bien estáticos intercambiando golpes. Pero Mendoza introdujo la técnica: desde la defensa hasta los movimientos para eludir golpes y bloquearlos. Ganaba combates con boxeadores mucho más pesados y fuertes que él. Fue un verdadero revolucionario de este deporte. Mendoza escribió un libro con sus técnicas y abrió una academia para formar a nuevos púgiles en el nuevo “boxeo científico”

Pierce Egan, uno de los escritores y cronistas deportivos de la época escribió en su libro Boxiana de “Mendoza el judío” o “La luz de Israel” como se le apodaba: «El nombre de Mendoza ha resonado por todo el reino… y siendo judío, el cristiano, a pesar de sus prejuicios, no podía sino exclamar exclamar: ‘¡Mendoza era un pugilista de méritos extraordinarios!’»

De la academia de Mendoza, saldría otro nombre fundamental para la historia de este deporte. Samuel Elias, más conocido como Dutch Sam, sufría el acoso del antisemitismo y, como muchos otros muchachos judíos, se apuntaron a la academia de Mendoza para aprender a defenderse. Pero Sam no solo aprendió a autodefensa. Se convirtió en profesional y su pegada era considerada la más potente del circuito. Pronto llegaron los apodos tan habituales en este deporte: El hombre de a mano de hierro y, sobre todo, The Terrible Jew (el terrible judío). Pero si la posteridad de este deporte le reservó un lugar privilegiado a Dutch Sam no fue por sus célebres peleas ni su fuerte pegada sino por la invención del uppercut (en un principio llamado undercut), el golpe desde abajo tan común en el boxeo moderno. Su figura inspiró incluso a Arthur Connan Doyle que lo incluyó como personaje en su novela Rodney Stone.

Auschwitz

La lista de púgiles, de combates y de títulos es interminable;  desde 1910 a 1939, nada menos que 26 boxeadores judíos ostentaron el título de campeones del mundo.

No obstante, después de la Segunda Guerra Mundial y del Holocausto la presencia judía disminuyó considerablemente. Incluso algunos boxeadores judíos boxearon en Auschwitz, como el es caso de Salamo Arouch, judío griego de origen sefardí que era campeón del peso medio en Grecia cuando, en 1943, fue enviado con su familia a Auschwitz. Allí le hacían boxear de dos a tres veces por semana con otros presos, incluso aunque estuviera muy débil o tuviese disentería. Llegó a participar en 208 combates. Él sobrevivió pero sus padres y hermanos no.

Otro caso es el del también sefardí Víctor Pérez. Nacido en Túnez (protectorado francés en aquella época), era un boxeador de peso pluma que también fue llevado a Auschwitz y obligado a pelear para entretener a los guardias. Sin embargo, poco antes de que el campo fuera liberado, los alemanes lo asesinaron.

Aunque quizás el más célebre en nuestros días es Max Baer, que ganó de forma apabullante a Max Schmeling, boxeador favorito de Hitler, con una estrella de David bordada en su calzón.