Escritora, traductora e investigadora, Line Amselem es doctora y profesora en Literatura, historia y cultura española, dentro de la Université Polytechnique Hauts-de-France (UPHF), en el norte francés. Y experta en cultura judeoespañola.

“Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas” (Xordica, 2012), sus memorias infantiles, llamaron la atención de la crítica por el relato que suponían: el de la crianza de una niña dentro de una familia emigrada desde Marruecos, judía y humilde, en un barrio popular de París. Otro París era posible, fuera de los estereotipos sociales y religiosos. Y a esta escritora francesa de origen sefardí, que habla un perfecto castellano, le pareció entonces que se sabía poco de la cultura judeoespañola.

Pero antes de preguntarle por su obra nos interesamos por su especialización, situada en la literatura y cultura españolas de los siglos XVI y XVII, si bien ha traducido a Lorca al francés. ¿Qué le tiraría más, Teresa de Jesús y Lope de Vega, o la poética lorquiana, más contemporánea? “Parecen diferentes, pero no lo son tanto… El origen de Lorca y toda la Generación del 27 tiene que ver con la fecha de la conmemoración de Góngora y ahí está el hecho de la vinculación con la modernidad, se trataba de romper con la tradición o retomar esta y encontrar alguna novedad… fue el caso de Lorca, por ejemplo. El Romancero gitano es un romancero (ríe)”. Line Amselem pone el énfasis en cómo uno de los libros de poesía más leídos del siglo XX renovó la forma literaria “dándole otro ritmo, otras temáticas, pero ensalzando esa cultura andaluza, con la vinculación tradicional del romancero y la apertura a diferentes culturas”. Y es que el granadino no dejaba de evocar, en sus conferencias, tanto el pasado grecorromano como la aportación gitana, y la presencia árabe y judía en Andalucía.

Menciona Amselem a otras figuras de la cultura a las que se ha acercado, precisamente, por ese diálogo entre tradición previa y modernidad. Picasso y la deconstrucción analítica de Las Meninas de Velázquez, en 1957, es un ejemplo que conoce bien: 58 obras, 45 de ellas interpretaciones de las figuras presentes en la celebérrima obra. “En lugar de proponer un discurso acerca de la obra de Velázquez, lo que hace es analizarlas”. Siendo moderno, viviendo su tiempo, y al tiempo pensado en el pasado.

La traducción, un placer físico

“La traducción es parte del análisis, o una lectura”, explica. Traductora de la poesía de Teresa de Jesús al francés, conoce además muy bien las conferencias de Lorca -por ejemplo, “Juego y teoría del duende”-, que ha traducido a ese idioma. Hablamos de traducción. “La puntuación tiene que ver más con el ritmo de la frase que con la sintaxis, y te fijas en muchos detalles, porque dispones de mucho tiempo para entrar en la lógica del autor”. Amselem se entusiasma especialmente a la hora de abordar la labor de traducir, hasta el punto de considerarlo un placer, “intelectual y físico”. La compara con la interpretación musical y el momento en el que un músico traduce una partitura, dotándola de vida. Se produce una conexión íntima, y consentida, entre autores y traductores. “Dejo que Lope entre en mí, y le brindo toda mi experiencia con la palabra francesa, como lectora e investigadora... todo lo que soy lo entrego traduciendo esa obra, en ese momento”.

“Pequeñas historias de la calle Saint-Nicolas” (Xordica, 2012) fue seleccionada en 2016 por Mercedes Cebrián en “10 libros para el año nuevo judío”, un fotorrelato publicado en El País. Line desconocía esta selección, que incluía a Amos Oz, Cynthia Ozick, Shalom Auslander y Woody Allen, entre otros. Las voces sefardíes escasean en esta selección, donde se reúnen autores israelíes y judíos de origen más bien azkenazí. “Se conocen más los autores azkenazíes”, reconoce.

Sin embargo, el común denominador está ahí: la judeidad y los orígenes diversos. En este punto de la conversación, Line se muestra en desacuerdo. “Bueno, es mezcla y no es mezcla, porque la realidad es que es el resultado de una conservación”.

Y amplía un poco más esta idea. “La cultura judeoespañola es eso, una asociación entre el hecho de conservar esa cultura, esa identidad española, después de la expulsión, a pesar de los años y los centenarios… mantener eso, y abrirse a aportaciones diversas. Una identidad mantenida con un recorrido geográfico determinado”, concluye.

La comunidad judía hispanohablante

Como judía hispanohablante, nacida en Francia pero de origen marroquí, Amselem viene de un recorrido que parte de mediados del siglo XX, cuando la comunidad judía marcha de Marruecos. Conservando, eso sí, el idioma, ese español medieval que en territorios marroquíes -también argelinos, incluso balcánicos- adquirirá el nombre de jaquetía, sin dejar por ello de asumir influencias culturales propias de un siglo en el que estas se producían con mayor facilidad, gracias al nacimiento de los medios de comunicación masivos.

A pesar de todos estos trayectos y transferencias, resulta sorprendente pensar en que todavía la opinión del público acerca de la comunidad judía sigue siendo un tanto monolítica. Se desconocen demasiados detalles. ¿Lo cree así? La cuestión de la nacionalidad, en 2012, despertó interés en la conversación pública, si bien la autora incide en la ignorancia sobre el tema. Se detiene un poco en el antijudaísmo cristiano, de raigambre medieval, distinto del antisemitismo moderno, e incluso del antisionismo… como prejuicios o ideas asumidas que recorren el espectro político, desde el conservadurismo al progresismo. “Con todo eso, en España es más una cuestión de desconocimiento de matices, identidad, cultura… situación económica”.

Aquí vuelve a su libro, “Pequeñas historias…”, como una respuesta a esas ideas preconcebidas, en este caso partiendo de un relato francés que ponía de relieve el hecho de que no toda la comunidad judía era rica, ni todo París era glamur, comenta. Que los clichés no hayan cambiado demasiado desde la publicación de la obra, hace casi una década, dice mucho de unas sociedades contemporáneas donde el hecho geopolítico tiene su peso, pero la distancia con respecto a las realidades judías sigue siendo aplastante. “Esto genera dos tipos de actitudes, o un rechazo o una idealización, tanto de lo árabe como de los misterios de Sefarad” (ríe, reímos aquí de hecho, al dramatizar un poco esta parte con su voz).

Judeoespañol, jaquetía, ladino

Pasamos a hablar de lengua exclusivamente, puesto que Line Amselem es una gran especialista en la jaquetía, la modalidad de judeoespañol que aprendió en casa, y a la que ha dedicado parte de su investigación. Puso en marcha, de hecho, unos talleres de lengua judeoespañola en el Instituto Cervantes de París de los que guarda un recuerdo muy grato. “Espero poder retomarlos, los organizamos alrededor del té con hierbabuena y azahar, era una merienda con dulces que permitía reunirnos y entrar en esa cultura a través de experiencias”.

Las personas mayores adquirían mucho protagonismo en estos talleres, dado su conocimiento de judeoespañol y del recuerdo conmovedor que traía el hecho de hablarlo, en algunos casos después de muchos años sin hacerlo; en algunas familias censuraban el uso de la jaquetía como “idioma popular, y no el verdadero español”. Line habla de ese alumnado, por lo demás heterogéneo y abierto, con cariño: “Cada encuentro se desarrollaba alrededor de un tema, con recuerdos de la vida en Marruecos, cuestiones de vocabulario para los desconocedores del idioma”. Un idioma, la jaquetía, que se hablaba cantando (“no hables cantando, se decía en ciertas familias”). “Mucha gente se emocionaba, se ponía a llorar”, rememora.

Pero, ¿qué es la jaquetía, y qué la diferencia como idioma del ladino? “Lo que se denomina judeoespañol es el idioma que se mantuvo después de la expulsión, de finales del siglo XV, aunque algunos se fueran antes… unos marcharon por el Mediterráneo, otros por el Atlántico, o por el sur, quedándose en Marruecos”. Quienes se establecieron por el territorio otomano fueron cogiendo términos de aquellos lugares donde vivían (turco, griego, lenguas balcánicas…). “Judeoespañol es ese idioma medieval con las aportaciones que vienen después, ese idioma mantenido y transformado durante siglos en ese exilio, por una parte en el este, y por otra parte en el oeste, la jaquetía... después viene el ladino”.

Si bien el ladino a día de hoy denomina a todo lo judeoespañol, Amselem aclara que la palabra ladino significa “latín”, lo que viene a ser “hablar en latín, hablar en cristiano”. Lo explica más pormenorizamente: “El ladino es la traducción literal, el calco, del hebreo, para aprender el hebreo, leer un texto litúrgico, traduciéndolo para quienes no sepan hebreo”, aclara. La jaquetía, por su parte, sería la lengua hablada en el norte de Marruecos y en también en parte de Argelia -Orán, por ejemplo-, “es el español enriquecido con palabras portuguesas, bereberes, y mucha rearabización... tiene la sintaxis, la morfología y la conjugación del español medieval y moderno, también, y a su vez mucha aportación árabe y hebrea”. “El árabe y el hebreo son muy cercanos”, sentencia.