«Yo sufrí lo que ahora se llama bullying. Un compañero de clase […] me llamaba perro judío. […] Me dejaba un ojo morado, otro día un labio partido y así cada semana»

Resumir la vida de Luis Bassat en unas pocas líneas es complejo. Es uno de los publicistas más distinguidos internacionalmente. Desde sus campañas de Filomatic hasta las de Avecrem, pasando por la concepción y organización de las ceremonias de inauguración y clausura de los juegos olímpicos de Barcelona en 1992, su larga trayectoria profesional ha sido ampliamente reconocida: fue nombrado el Mejor publicitario español del siglo XX, se ha hecho merecedor de más de 400 premios publicitarios, es Premio Nacional de Publicidad y en el año 2012 se le concedió la Creu de Sant Jordi.  También fue en dos ocasiones candidato a la presidencia del Fútbol Club Barcelona, pertenece al consejo de múltiples fundaciones y fue presentador de televisión. Es doctor honoris causa por varias universidades, es un gran coleccionista de arte y ha publicado media docena de títulos que cuentan con múltiples ediciones. Además, es una de las personas más destacadas de la comunidad judía en España y Vicenç Villatoro escribió un libro magnífico y muy recomendable sobre la historia de su familia sefardita (El regreso de los Bassat, RBA) que no deja de ser la historia de un pueblo y de Europa.

Su abuelo paterno nace en Bulgaria, se traslada a Turquía y en la exposición internacional de 1929 de Barcelona se instala en España. Su padre, que estudia en Alemania, ante el ascenso de los nazis, decide reunirse con su abuelo.

-¿Qué mueve a su familia paterna a trasladarse a España?

Mi abuelo paterno Samuel Bassat decidió inmigrar a Barcelona porque se enamoró de la ciudad, porque se entendía con todo el mundo con su judeo español, que fue la lengua materna de mi padre y porque la situación en Turquía había empeorado para los judíos.

Si su padre se salva del nazismo con su venida a España, el caso de su madre es diferente. Su familia materna se instala en España a principio del siglo XX y su madre, de hecho, es la primera judía nacida en Barcelona desde la expulsión en el siglo XV. ¿Cómo vivió la Guerra Civil?

La vida de mi familia judía fue difícil durante la guerra civil española. Mis padres vivieron una parte de la guerra en un pueblo llamado Argentona, muy cerca de Mataró, donde un tío de mi padre, Alberto Bassat y su mujer Nurie, inauguraron su casa precisamente el 18 de julio de 1936, justo cuando estalló la guerra. Allí tenían un pequeño huerto y unas pocas gallinas, lo que les permitió alimentarse algo durante la escasez de alimentos.

– Su familia materna proviene de Grecia.

Mis abuelos maternos, Manuel Coen y Peppina Romano nacieron en Corfú. No eran sefarditas sino romaniotas, es decir, descendientes de los judíos que abandonaron Palestina cuando la invasión del Imperio Romano y se instalaron en la isla griega de Corfú. Por suerte para ellos emigraron primero a Italia y luego a España. La familia que se quedó en Corfú fue deportada íntegramente a Auschwitz donde murieron todos.

-La llegada del franquismo, que no sólo era un estado confesional católico sino que incluyó la demonización del judaísmo en su ideario principal, lo cambia todo. ¿Cuáles fueron las consecuencias para su familia?

La llegada del franquismo tuvo muy malas consecuencias para mi familia: detuvieron a mi abuelo materno, Manuel Coen, que había llegado a España en 1905 y se había instalado definitivamente en 1916. Colaboró en la fundación de la Comunidad Israelita de Barcelona en 1917 y fue detenido justo después de la guerra por ser judío y masón. Pasó un año y medio en el penal de Burgos. Cuando yo nací, en 1941, él aún estaba ahí.

Este clima de animadversión le hizo sufrir acoso escolar: insultos constantes, incluso palizas que le dejaban magullado.

Yo sufrí lo que ahora se llama bullyng. Un compañero de clase, que ya había hecho el cambio a hombre, mientras que yo todavía era un niño, me llamaba perro judío. Yo le decía que no me lo repetiría al salir y no solo me lo repetía, sino que me dejaba un ojo morado, otro día un labio partido y así cada semana. Hasta que un amigo me dijo que acababa de abrir en Barcelona un gimnasio donde enseñaban un nuevo deporte llamado judo, donde los pequeños podían ganar a los grandes. Me apliqué como pocas veces en mi vida y hacia final de curso, en una de las interminables peleas fui yo el que le di una paliza fenomenal. Y nunca mas me volvió a molestar.

«La llegada de la democracia a España, cambió radicalmente la situación de los judíos y de las personas de otras confesiones. Pasamos de estar “tolerados” a ser ciudadanos como los demás»

En esos años de férreo adoctrinamiento católico, tengo entendido que le hacían asistir a misa cada semana. ¿Cómo vivió eso?

Las Escuelas Virtelia no estaban dirigidas por religiosos, pero había que asistir a Misa cada viernes. A los 13 años me negué a seguir asistiendo y finalmente me autorizaron a que me quedara en clase durante esa hora.

El regreso de los Bassat-Incluso estuvo a punto de no poder hacer las milicias universitarias por no estar bautizado.

También tuve problemas al inscribirme en las milicias universitarias. El servicio militar era obligatorio entonces y duraba cerca de dos años, pero los universitarios podíamos hacerlo en dos veranos consecutivos y si aprobábamos los estudios para convertirnos en oficiales, entonces las completábamos con cuatro meses mas al acabar la carrera. En los papeles de la inscripción me faltaba la partida de bautismo, por lo que el sargento me dijo que no podían aceptarme. Le pregunté qué podía hacer y me contestó con una frase que nunca olvidaré: ¡Convertirse, coño!  Por suerte mi padre habló con el ministro del Ejército y consiguió que se redactara un decreto por el que los judíos sefarditas, es decir, españoles, podrían hacer esas milicias universitarias. Dos amigos míos de la Comunidad Israelita de Barcelona, también las pudieron hacer el mismo año que yo.

¿Cómo cree que afecto la llegada de la democracia a la comunidad judía?

La llegada de la democracia a España, cambió radicalmente la situación de los judíos y de las personas de otras confesiones. Pasamos de estar “tolerados” a ser ciudadanos como los demás.

¿Cómo ve hoy en día la relación de la comunidad con la sociedad civil española?

La sociedad española no es auténticamente antisemita. Hay gente contraria a la política de Israel que les hace reaccionar contra los judíos. Yo me he hartado de hablar y escribir a periodistas diciéndoles que los judíos ni tenemos tanques ni bombardeamos Gaza. Que confunden judío con israelí o incluso con israelita. Pero no lo acabo de conseguir. Hay que estar con los ojos bien abiertos, porque el antisemitismo puede aparecer en cualquier momento

– Tras su investigación junto a Vicenç Villatoro, ¿cuál es el primer Bassat del que se tiene noticia?

Un profesor de historia me dijo una vez, que recordaba haber leído algo de un tal Aguiló Basat y me fotocopió la página de ese viejo libro. Efectivamente el mercader Aguiló Basat, de Barcelona, ayudó económicamente a la ciudad en un momento de dificultad. Posiblemente sus descendientes pudieron huir hacia Constantinopla hacia finales del sigo XIV.