«Siempre me ha gustado […] la idea de contar historias, algo en el fondo muy judío. Nuestra tradición es justamente contarnos historias de generación en generación»
Ha producido grandes títulos del cine español y argentino y tiene una vida que son muchas. Nació en Madrid en una familia judía proveniente del Protectorado francés de Marruecos. Estudió en el Liceo Francés, y luego Derecho y Económicas en ICADE. Su vida profesional empezó por el derecho penal, pero su pasión por el cine la llevó al festival de Cannes y a montar una productora responsable de clásicos del cine español como Volaverunt o La educación de las hadas y míticas películas argentinas. Tras un parón, al atisbar los nubarrones que se cernían sobre la industria, ha vuelto con fuerza con una nueva productora que produce películas para cine y televisión, cortos y nuevos formatos.
Sarah empieza la entrevista jovial y bienhumorada, con esa cualidad de los buenos anfitriones que te hacen sentirte en casa desde el primer momento. Un entusiasmo que recorre la charla desde el principio, en la que habla de sus pasiones, a saber, el derecho, las lenguas (habla español, francés, inglés, italiano y hebreo) y, sobre todo, el cine.
¿De dónde te viene lo del cine?
Tras ejercer la abogacía unos años y trabajar en el negocio inmobiliario, llegó una crisis brutal y decido cambiar de vida. Siempre me ha gustado el mundo del audiovisual, pero sobre todo la idea de contar historias, algo en el fondo muy judío. Nuestra tradición es justamente contarnos historias de generación en generación. Y pensé en el cine, del que no sabía mucho. No tenía familiares ni contactos pero me lancé y fui al festival de Cannes en el que me acogieron maravillosamente. A los seis meses tenía una productora y al año producíamos nuestra primera película argentina con Alejandro Agresti y unos coproductores estupendos.
Con él hicisteis la adaptación de la novela de Pedro Mairal, Una noche con Sabrina Love
Pero antes hicimos con él la película El viento se llevó lo qué, que ganó nada menos que la Concha de oro del Festival de San Sebastián. Una anécdota divertida eran las bromas de Alejandro Aresti pregúntandose cómo explicaría en su país que había ganado una “concha” de oro.
Y también produjiste grandes películas del cine español.
Sí, hicimos Volaverunt, con Bigas Luna, que en aquel momento fue una de las películas más caras, 1,200 millones de pesetas; te lo digo en pesetas porque en euros no impresiona tanto, pero entonces era una producción enorme. Contábamos con un elenco excepcional: Penélope Cruz, Aitana Sánchez Gijón, Jordi Mollá, Jorge Perigorría…
La última película de esta etapa fue una película con José Luis Cuerda, La educación de las hadas, en la que trabajaba Ricardo Darín. No sé si por casualidad siempre acabo vinculada a Argentina. Seguramente por su inmenso talento.
Luego hiciste un parón.
Sí, ante la llegada de las plataformas, y los enormes cambios en la industria, decidí parar. Pero hace tres años me llegó un guion de una película a mi despacho, me entusiasmó y volví. ¡El cine engancha! Y en esta nueva etapa hemos hecho televisión, cortos y largometrajes.
¿Por qué te decidiste a producir cortos? No es un campo favorito de los productores.
Pues porque hay que adaptarse a los tiempos. Y las generaciones que llegan quieren que les cuentes historias en menos tiempo. También hacemos series en capítulos de 15 minutos. Y está funcionando muy bien, afortunadamente.
«Cuando acabas una película dices: ¡ni una más!. No quiero saber nada más de esta industria. Pero al día siguiente recibes una llamada con una idea y vuelves con todas tus ganas»
¿Y cuál es la satisfacción de producir una película?
El hecho de que una película se exhiba es prácticamente un milagro. Yo, cuando veo el primer montaje, lloro, menos mal que está a oscuras. Me emociono. Conseguir hacer de lo potencial una realidad. Partiendo de una idea, necesitas tantos pasos, tantas personas involucradas que realmente se necesita una conjunción de milagros para que una película llegue a la pantalla.
El trabajo de producción es, todavía, muy desconocido para el público.
Es extenuante. Cuando acabas una película dices: ¡ni una más!. No quiero saber nada más de esta industria. Pero al día siguiente recibes una llamada con una idea y vuelves con todas tus ganas. Mi madre me pregunta a veces, “¿a qué te dedicas exactamente,? porque te pasas el día hablando por teléfono”. Y es verdad, el trabajo de productor es hablar, hablar y hablar para un proyecto que, si todo sale bien, se hará dentro de dos años.
Trabajas mucho en coproducción.
Me encantan. El cine es un lenguaje universal. Una película te gusta por lo que cuenta y te da igual de dónde sea. Es un poco como el mundo judío, da igual que seas sefardí o askenazí, da igual de donde seas, hay una tradición común, el Sabbat es el Sabbat. Pues en el cine igual, da igual si es cine japonés, italiano o español, si hay una historia potente, te va a gustar. Y eso es maravilloso.
Cuéntanos en qué proyecto estás. O alguno de ellos.
Pues en una coproducción entre Italia, Israel y España que es una comedia de espionaje, muy divertida y que, si no pasa nada, se empezará a rodar en marzo.