Sultana Wahnón (Melilla, 1960) se ha atrevido con todo un monumento literario, Cien años de soledad, en un libro que sostiene una teoría: la posible judeidad de los Buendía.

Ensayista y crítica literaria -además de catedrática de la Universidad de Granada-, Wahnón se pone el traje de Aureliano Babilonia para indagar en el posible origen judío de la familia Buendía, la saga que protagoniza la “novela total” de García Márquez. Sin lugar a dudas, una aventura intelectual apasionante de la que nos brinda algunas claves aquí.

-¿Cómo fue ese momento epifánico que le impulsó a escribir “El secreto de los Buendía” (Gedisa, 2021)?

En realidad, ese momento lo viví hace ya muchos años, mucho antes de decidirme a escribir este libro. Y lo que escribí bajo el impacto de esa revelación fueron mis primeros artículos sobre Cien años de soledad, que datan de los años noventa. Todo empezó en 1992, año de muchas efemérides, entre ellas la de los veinticinco años de publicación de la novela. Por este motivo se celebraba un importante congreso sobre el escritor, en el que yo me había comprometido a leer una ponencia. Llevaba desde febrero de ese año dándole vueltas a la novela, resistiéndome a aceptar que hubiera partes imposibles de comprender (por inverosímiles). Y, de repente, una noche de noviembre, muy cercana ya a la celebración del congreso, tuve la revelación. Gracias a unas lecturas que acababa de hacer sobre la presencia de judíos en la América colonial, viví ese momento prodigioso en el que descubrí –o, al menos, eso es lo que yo creo desde entonces– el nada oscuro secreto que envolvía a la familia de los Buendía y que tanto tenía que ver con la historia de mi propia familia. La experiencia fue, pues, muy similar a la que García Márquez describió al final de la novela, cuando Aureliano Babilonia consigue descifrar las “claves definitivas” de Melquíades y ve por fin “el epígrafe de los pergaminos perfectamente ordenados en el tiempo y el espacio de los hombres”. Al igual que él, viví una especie de apocalipsis, en el sentido etimológico del término, que, como sabes, originariamente no significaba otra cosa que “revelación”. Todo fue, pues, muy prodigioso, si bien de prodigio puramente artístico, operado por el genio de García Márquez, que a mi entender había previsto cómo tendría lugar exactamente el desciframiento de su novela.

-¿Qué relación había tenido antes con la novela de García Márquez?

Antes de ese año de 1992 mi relación con la novela había sido la de una simple y admirada lectora. La leí siendo muy joven y me marcó profundamente, como les ocurrió a muchos otros lectores de mi generación, pero nunca había trabajado en ella, ni en general en García Márquez, dado que no me especialicé en literaturas hispánicas, sino en Teoría de la literatura, materia que de entrada no me obligaba a recalar en esta novela. Sin embargo, mi admiración por ella me animó a participar en ese congreso, con la esperanza de decir algo nuevo desde el punto de vista de mi disciplina. Y lo primero que me llamó la atención en este sentido fue el enorme contraste entre el final de la novela, en el que los manuscritos se descifraban, y la propia novela, que parecía contener partes indescifrables. De ahí, precisamente, las muchas vueltas que le di a la obra hasta que logré encajar muchas de las piezas y verla como un todo con sentido. Me ayudó mucho en esto el concepto estructuralista de obra abierta, gracias al cual entendí que me encontraba ante una novela escrita en lengua poética, más sugerente que denotativa, y cuyas afirmaciones más extravagantes podían albergar significaciones segundas, tal como ocurría, por ejemplo, en el caso de los primos con cola de cerdo.

-¿Es este ensayo el mayor desafío intelectual al que se ha enfrentado hasta ahora?

Bueno, el desafío más grande es siempre el último, y ahora mismo tengo entre manos uno que no le va a la zaga. Pero lo que sí creo es que se trata de mi mayor desafío en relación con los lectores. Siempre es muy difícil convencer de la bondad de una lectura literaria, sobre todo en tiempos tan relativistas como los nuestros, pero, cuando ésta tiene por objeto la obra maestra de uno de los escritores más importantes y admirados del siglo XX, las dificultades son lógicamente mucho mayores, porque todo el mundo siente esa obra casi como propia, y se corre el riesgo de molestar o incluso indignar a quienes llevan mucho tiempo leyéndola de otro modo. Hay lectores muy remisos a aceptar que los Buendía puedan ser otra cosa más que una familia hispanoamericana, como si el hecho de ser de origen judío fuera incompatible con esa identidad. Hace falta, pues, mucha paciencia y constancia para no desfallecer en la empresa de contribuir a la mejor comprensión de la novela –que es el propósito de la crítica literaria– y seguir batallando en beneficio de la obra y de los mismos lectores. En esto consiste, creo, el gran desafío al que vengo enfrentándome desde 1992 y que he retomado en este nuevo libro, donde aporto un mayor número de datos y argumentos en favor de mi hipótesis, con la esperanza, no sé si ilusoria, de que haya cada vez más lectores proclives a reconsiderar todo lo que hasta ahora creían saber acerca de Cien años de soledad.

“Hay lectores muy remisos a aceptar que los Buendía puedan ser otra cosa más que una familia hispanoamericana, como si el hecho de ser de origen judío fuera incompatible con esa identidad”

“García Márquez no se cansó de repetir que Kafka había sido el autor más decisivo en su propia literatura sin que nadie le hiciera demasiado caso, la crítica tiende muchas veces a creer que sabe más que los autores acerca de sus obras e intenciones, lo que no siempre es así”

-¿Cree que, desde nuestro país, tenemos como deuda pendiente conocer un poco mejor las comunidades judías latinoamericanas?

Creo que en general se las conoce poco. Se sabe algo más acerca de las que se constituyeron entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando los judíos amenazados por el moderno antisemitismo huyeron de Europa hacia tierras más hospitalarias o menos peligrosas. Son las comunidades que todos conocemos, integradas fundamentalmente por askenazíes procedentes de Rusia, Polonia, etc. Pero se conoce mucho menos, no solo en España, sino incluso en la propia Latinoamérica –y hasta entre los judíos–, lo relativo a otro movimiento migratorio que tuvo lugar entre los siglos XVI y XVII y que protagonizaron judíos de procedencia sefardí (españoles y portugueses). Tras la expulsión o la forzada conversión, muchos de estos judíos buscaron refugio en América, donde sin embargo al poco tiempo volvieron a darse de bruces con la Inquisición. De esto, precisamente, es de lo que yo creo que trata la primera y enigmática parte de Cien años de soledad. Y por este motivo los lectores podrán encontrar en El secreto de los Buendía cumplida información sobre los “olvidados”, que fue como el historiador Seymour Liebman llamó a todos esos sefardíes escondidos en América. Por mi parte, contraje una enorme deuda con este libro –y también con Esperanza de Israel, de Menasseh ben Israel-, a la hora de resolver el enigma en torno a los antepasados de los Buendía.

-¿Qué relación tenía García Márquez con la cultura judía?

Si nos basamos en sus declaraciones, la más importante fue la que contrajo, desde muy joven, con la Biblia, de la que fue un apasionado lector. La valoraba, por supuesto, como obra literaria, como una de las más grandes novelas de todos los tiempos, pero en cierta ocasión, en la que se refirió al gran cariño y admiración que sentía por el pueblo judío, lo atribuyó precisamente al hecho de haber leído la Biblia. Yo creo, en realidad, que ese cariño y admiración procedía también del que sentía por la cultura judía contemporánea, encarnada en figuras tan admiradas por él como la de Franz Kafka. También pudo tener algo que ver la repugnancia que le inspiraron siempre los sucesos asociados a la Segunda Guerra Mundial. En su famoso viaje por los países del Este, el autor visitó el campo de Auschwitz, y dejó constancia de su conmoción en un artículo que comento en el ensayo. Cabe suponer, además, que debía de conocer muy bien la historia y cultura de los sefardíes, dado que, en caso contrario, le habría sido imposible componer la trama de Cien años de soledad e incluso la de Del amor y otros demonios, novela de 1994 en la que aparece ya un personaje abiertamente judío sin disimulos ni claves: el médico Abrenuncio de Sa Pereira Cao, descendiente de judíos portugueses y vigilado de cerca por la Inquisición. Más allá de estas influencias librescas, no he encontrado por ahora ningún dato que avale la idea de un posible contacto más directo con la cultura o la tradición judía. Hay ciertos indicios que apuntan a la existencia de antepasados judíos (españoles) en la rama materna de su familia, la del coronel Nicolás Márquez Mejía (emparentados con los Henríquez Mejía, de los que sí se sabe que fueron descendientes de conversos), pero habría que investigar en archivos para llegar a conclusiones ciertas sobre esto. Esto es algo que podrán hacer los biógrafos del escritor si lo consideran oportuno.

-¿Se había dicho algo antes acerca de la posible influencia kafkiana en la novela del colombiano?

Que yo sepa, no. En el famoso y excelente ensayo de Mario Vargas Llosa se habla de muchos modelos del autor, desde Las mil y una noches al Orlando de Virginia Woolf, pero no se dedica ningún apartado a Kafka. Ahora bien, con todo lo que se publica actualmente acerca de cualquier tema, me parece muy arriesgado afirmar que nadie ha dicho nada acerca de este asunto. Es posible que exista por ahí, en alguna parte del globo, un trabajo en el que se haya tocado el tema, si bien no me parece muy probable que haya llegado a las mismas conclusiones de mi trabajo. En cualquier caso, mi impresión es que el que más insistió en esta influencia fue siempre García Márquez, que no se cansó de repetir que Kafka había sido el autor más decisivo en su propia literatura sin que nadie le hiciera demasiado caso –la crítica tiende muchas veces a creer que sabe más que los autores acerca de sus obras e intenciones, lo que no siempre es así–.

-¿Qué es lo que, en su opinión, y después de haber escrito el ensayo, pesa más en la historia de Macondo, lo enigmático o lo inverosímil?

Creo que lo enigmático. Mucho de lo que es inverosímil, solo lo parece: lo es hasta que se descubre el enigma que le subyace, la “clave” poética que permite leerlo de forma lógica o, por lo menos, más lógica. García Márquez solía explicar esto con una teoría de Hemingway, la del “iceberg”. Hemingway decía que una buena novela era como un iceberg, del que sólo se ve un octavo de la masa de hielo que lo sostiene. El buen escritor no dice todo aquello que conoce, silencia u omite cosas, dejando lagunas que el lector debe rellenar. Y esto es exactamente lo que ocurre en Cien años de soledad: si algo nos parece inverosímil es porque solo vemos la punta del iceberg, no la masa gigantesca de conocimientos en la que se sostiene la afirmación. Mi trabajo ha consistido, precisamente, en sacar a la superficie parte de esa masa, pero todavía queda mucho hielo debajo, ya que García Márquez era, precisamente, un maestro en el arte de la omisión.