Glenn Kurtz encontró una película vacacional de sus abuelos. Tres minutos de esa cinta documentaban un día de verano de una población mayoritariamente judía de Polonia en el verano de 1938. Con ese material y tras una tarea de investigación que le llevó años, consiguió unir los fragmentos dispersos de la historia y reconstruir la memoria de un pueblo.
Esta es un historia sobre la reconstrucción de la memoria y del proceso de recolección de pequeños fragmentos del pasado que, meticulosamente conectados, nos devuelven una pequeña historia que estaba llamada a sumergirse para siempre en el olvido.
El escritor y periodista judío Glenn Kurtz encontró en el año 2009 una película casera, una cinta que sus abuelos, nacidos sobre 1880 y emigrados de niños a los Estados Unidos, rodaron en 1938 para inmortalizar sus vacaciones en Europa. Glenn no llegó a conocer a su abuelo y su abuela jamás mencionó ningún viaje a Europa. La cinta se titulaba “Nuestro viaje a Holanda, Bélgica, Polonia, Suiza, Francia e Inglaterra. 1938”. Inmediatamente, la idea de rescatar imágenes de Polonia antes de la invasión alemana, despertó la curiosidad del escritor que empezó a preguntar a su familia. Pero antes había que restaurar la cinta. Para ello la donó al Museo del Holocausto en Washington DC que tardó cinco meses en conseguir ablandar y rescatar el material. Casi tres años más tarde, su tía dejaba su piso de Nueva York y, en la mudanza, encontró unas postales enviadas por su padre, y abuelo del escritor, David Kurtz, que habían pasado inadvertidas entre otros papeles familiares. Eran las postales del viaje. En la primera se veía el barco, el Nieuwe Amsterdam, en el que iniciarían este viaje de turismo al viejo continente. A través de las postales, Kurtz conseguía sortear el primer escollo en su investigación: conocer en qué barco y en qué fechas exactas empezaba este viaje de placer.
La cinta muestra al matrimonio Kurtz y a otros tres amigos que viajaban con ellos en ese verano de 1938. Imágenes paseando por Bruselas, en un ferry en Holanda, dando de comer a las palomas en París y tres minutos de película que documentaban su visita a un pequeño pueblo, mayoritariamente judío, de Polonia.

Unos minutos en el que aparece un día corriente de los habitantes de esta población un año antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Glenn Kurtz se dio cuenta de que, setenta años más tarde, esa cinta sin importancia de las vacaciones familiares, podría ser la única película existente de ese pequeño pueblo polaco y un homenaje a esa pequeña y desaparecida comunidad judía, como tantas otras, aniquilada por la barbarie.
Los tres minutos muestran decenas de personas saliendo de la sinagoga y después muchos habitantes mirando con curiosidad a la cámara. Muchos niños y jóvenes fascinados con la cámara Cine-Kodak Magazine de David Kurtz. La felicidad de las gentes y de las escenas filmadas sobrecoge desde el principio porque ellos no saben, y el espectador obviamente sí, lo que va suceder en poco tiempo; lo breve que será su felicidad.
Pero Kurtz no quería pararse ahí. Hasta ese momento solo era una cinta genérica de unos instantes en la vida de un pueblo judío antes de la guerra. Y él quería profundizar en la vida de los individuos, conocer más y convertir una historia general en una historia concreta.
La primera empresa era descubrir cuál era el pueblo de las imágenes. El padre y la tía de Kurtz estaban convencidos de que era la localidad natal de su madre. Y consiguió dar con un superviviente de ese pueblo, le mostró la película e inmediatamente negó que esas imágenes correspondieran a su lugar de nacimiento. La opción más probable es que fuera entonces la población natal de su padre, Nasielsk. Empezó de nuevo la búsqueda de supervivientes. Examinó los archivos de la Shoah Foundation y encontró cinco personas originarias de Nasielsk que habían dado su testimonio. Pero cuatro habían muerto y la quinta, una mujer que había abandonado el pueblo con siete años y apenas podía enfrentarse al visionado de la cinta, no pudo siquiera confirmar que se tratara de la localidad en cuestión. Parecía que todos los caminos se cerraban pero la perseverancia de Kurtz lo llevó rebuscar por archivos de todo el mundo y casi un año después, en el museo “Casa de los Luchadores del Gueto” en el norte de Israel, localizó una fotografía en la que estaba escrito “sinagoga de Nasielsk”. Y aparecía la misma puerta grabada que se podía distinguir en la película.
Nasielsk está a unos a 35 kilómetros de Varsovia y en 1938, contaba con 4,500 habitantes de los que más de 3,000 eran judíos. Su ubicación en el camino entre Prusia Oriental y Varsovia hizo que el 4 de septiembre de 1939, tan solo tres días después de que Hitler invadiera Polonia, fuera ocupada por las fuerzas alemanas.
Un mes después, el territorio en el que se encontraba Nasielsk fue anexado al II Reich, esto es, era parte de Alemania (Warthegau) y, por órdenes de Himmler, antes de final de ese año 1939, todos los judíos debían ser deportados. Toda la población judía de Nasielsk fue expulsada y recluida en la zona ocupada para, en 1942, ser -en su mayoría- enviada al campo de exterminio de Treblinka. Al acabar la guerra, solo 100 de los 3,000 judíos de Nasielsk habían conseguido sobrevivir.
Las pesquisas exhaustivas de Kurtz seguían en innumerables archivos y en las Landsmanshaft (organizaciones judías que ayudaban a los judíos llegados a América) que enviaban dinero a sus familiares en Polonia. Fue recopilando cartas y más documentos pero se enfrentaba a un obstáculo que parecía insalvable: conectar esos nombres con las caras de la película.
Llevaba más de dos años con la investigación y todo indicaba que estaba estancada. Pero entonces una mujer le envió un email. Había visto la película en la web del Museo del Holocausto y una de las caras de esos niños era la de su abuelo. En la cinta tenía 13 años y en aquel momento 87. Se llamaba Maurice Chandler (en Polonia Moszek Tuchendler) y había perdido toda su familia en el Holocausto. La memoria del señor Chandler era prodigiosa e identificó a muchos de los de la película y desgranó parte sus historias. De los nombres de Chandler, Kurtz localizó a siete supervivientes. Uno de ellos era Keva Richman, que ra muy niño cuando llego a los Estados Unidos pero que conservaba un álbum de fotos que su familia en Nasielsk. Las pistas le llevaron hasta Mikhael Koprak, que no recordaba apenas nada pero al ver el álbum y reconocer a su padre, del que no tenía ninguna fotografía (no había visto la cara de su padre desde 1939), la cascada de recuerdos empezó a fluir como si hubiera estado taponada por décadas y ahora liberada. Historias que empezaban a reconstruir la vida de pueblo y sus habitantes.
Más conexiones, más cartas, más fotografías van llenando esta historia de otras historias. Cartas posteriores desde el gueto que incluían mensajes en clave para sortear la censura alemana y en las que pedían ayuda, otras fotografías más circunspectas y preocupadas. Reencuentros que parecían imposibles, lazos que se creían perdidos.
Glenn Kurtz escribió un libro muy aclamado en 2014. Three Minutes in Poland. Y en estos días, en varios festivales de cine por todo el mundo, la crítica está aplaudiendo el documental de Bianca Stigter de título homónimo. Un testimonio de cómo la curiosidad, la tenacidad y la voluntad de recuperar las historias pequeñas, a la exacta medida humana, y dignificar a sus protagonistas puede llevarnos de una cinta aparentemente intrascendente a recuperar la memoria y el pasado, al borde del olvido, de un pueblo.