Ziva Postec, la montadora de Shoah nos descubre a la incansable editora tras las más de nueve horas del mayor testimonio fílmico sobre el Holocausto.

Shoah, la estremecedora película documental de Claude Lanzmann, estrenada en 1985 es, con seguridad, el mayor esfuerzo cinematográfico sobre el holocausto hasta nuestros días. Con más de nueve horas de metraje, esta historia oral a base de testimonios de víctimas, testigos o verdugos, sin voz en off ni imágenes de archivo, es una dolorosa obra maestra que, aún hoy, es material de estudio en innumerables universidades para entender el exterminio de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial.

Lanzmann, que dedicó diez años a esta película, y que grabó más de 350 horas de entrevistas, era un reconocido periodista pero que no tenía más experiencia cinematográfica que un documental, contó para la titánica tarea del montaje con la incansable Ziva Postec, que ya había trabajado nada menos que con Orson Welles, Jacques Tati, Alain Resnais o Jean Pierre Melville. Postec  invirtió seis años en esta colosal empresa.

Esta ingente labor en la sombra es el centro del documental Ziva Postec, la montadora de Shoah, dirigido por Catherine Hebert, que se puede ver estos días en Filmin. La cinta hace un recorrido por la vida de la montadora. Su infancia en Tel-Aviv, en una familia marcada por familiares ausentes (cuenta, por ejemplo, como su madre cada viernes encendía las velas de la menorá y se ponía a llorar por sus padres y hermanos que mataron en Europa), su partida hacia Francia en barco con ganas de conocer mundo, sus años en París en los años sesenta y setenta, como aprendió francés con un libro de André Gide y un diccionario,  las noches en La Coupole con lo más granado del cine francés, su matrimonio (y la muerte de su marido ahogado cuando ella estaba embarazada de siete meses) pero sobre todo el proceso de montaje de Shoah.

Los seis años de montaje de Shoah (las cientos de latas de celuloide pesaban más de una tonelada) fueron años obsesivos. No había nada más. Los amigos se fueron distanciando porque ella solo hablaba de la película, e incluso su hija adolescente se fue de casa. Ziva entendía el montaje como una misión. Un trabajo extenuante y de alto coste emocional (cuando el material era demasiado duro y llegaba al límite le pedía a su ayudante que la compañera para poder soportarlo).

También aparece su relación con el director, tan intensa que, en algún momento de hartazgo, ella se fue a su casa tres días y desconectó el teléfono para respirar. Su papel en el film es tan determinante que tras un primer montaje, instigó a Lanzmann a grabar más en Treblinka, donde aparentemente no quedaba nada, solo escombros. Pero ese “nada” era elocuente, tan elocuente como los silencios que daban un respiro al espectador.

Tras acabar el enésimo montaje, un día ella le dijo a Lanzmann: “No sé cómo te sientes tú, pero yo no puedo más, no tengo más fuerza interior. Se ha acabado.” Él dijo: “Entonces paremos aquí” Y así se acabó de montar el mayor testimonio sobre el Holocasuto.

Claude Lanzmann no fue generoso. La despidió al acabar la película y no valoró públicamente su trabajo como merecía. Ni siquiera tiene una página de Wikipedia. Afortunadamente, Catherine Hebert ha restituido su nombre y gracias a su magnífico y recomendable documental, Ziva Postec tiene, al menos para los espectadores, su lugar merecido en la historia.