“A los judíos les daba igual ser húngaros o turcos o moldavos o lo que fuere, ellos lo único que buscaban era un rincón tranquilo donde los dejaran vivir en paz sin hostigarlos demasiado”. Son palabras de la escritora francesa Lucie J. Lipschutz (París, 1929), autora de “El siglo de las siglas”, editado originalmente por Hebraica en 2005, y pendiente de reedición esta primavera, en esta ocasión con Editorial Confluencias. Hemos hablado con el cineasta Enrique Gabriel, hijo de Lucie, a propósito de la exposición en Centro Sefarad-Israel basada en el libro y la diáspora judeoeuropea.
“El siglo de las siglas”, biografía familiar en la que Lucie J. Lipschutz narra la historia de sus padres, quienes salieron de Rusia para recorrer el mundo antes de la hecatombe de la Shoah, inspira una exposición con el mismo nombre que poblará las salas de Centro Sefarad-Israel en octubre. Enrique Gabriel (Buenos Aires, 1957), hijo de Lipschutz y cineasta, colabora en este proyecto, comisariado por la periodista Verónica Durán Castello y la productora Lina C. Echeverri.
“El siglo de las siglas” parte de la necesidad de mantener viva la memoria. Un relato “fascinante”, según Andrés Trapiello, quien se refirió a su autora así: “Tan silenciosa y mínima como la luz de una luciérnaga”. El combate eterno contra el olvido de un siglo que supuso una decepción profunda con respecto a la utópica proyección socialista que germinaba en su predecesor, el siglo XIX. Así, “el siglo de las siglas, el siglo XX […] inventó la sigla por miedo a la palabra. SS y KGB fueron las siglas”, y Lipschutz comparte aversión por los acrónimos con Dámaso Alonso. Enrique Gabriel explica en qué consiste la exposición, que está en preparación: “Se pretende realizar una exposición fotográfica, de objetos, con algunos documentos audiovisuales y sonoros, y que a ser posible tenga un proceso ambulante a posteriori. Que pueda ir a todos lo sitios donde exista sensibilidad hacia estas historias”.
Centro Sefarad-Israel fue la primera opción a la hora de plantear una muestra que, viene motivada por un libro que, como si de un Talmud de autoría única se tratara, ha ido sumando retazos de recuerdo, aquí y allá. Internet, pero también los viajes de la familia, han sido esenciales. “Después de la primera edición del libro, en 2005, hicimos un viaje a Moldavia, Ucrania y Rumania… visitamos la ciudad moldava de Olaneşti, donde nació mi abuela, y luego Odesa, de donde venía mi abuelo. Fuimos a buscar el hogar donde vivieron las tías de mi madre, familiares, y claro, tras el viaje surgieron nuevos interrogantes y vías de narración”.
Lucie fue corrigiendo elucubraciones acerca de la vida de sus progenitores previa a su nacimiento. Al mismo tiempo, el desarrollo espectacular de las redes sociales y la posibilidad de interconexión con cualquier persona en cualquier parte del mundo hizo su trabajo… “en ese movimiento de gente que busca familiares lejanos hemos encontrado a parte de la familia que ni sabíamos que existía”. Ello provocó una segunda edición de “El siglo de las siglas”, que salió en formato de libro electrónico en 2017.
Pero, ¿es la historia de la familia Lipschutz paradigmática? Con respecto a la trayectoria de la comunidad azkenazí europea, sí. “Tanto mis abuelos como mi madre, puesto que fue hija única, iban saltando de un lado a otro, por un lado por los avatares de la política, también por la personalidad, romántica, de mi abuelo. Es una historia romántica, contada desde la perspectiva de una niña”, explica el nieto de los Lipschutz Schenfeld. Sin embargo, esos desplazamientos, de un país a otro, no se cimentaban en la libertad absoluta: más bien en la búsqueda de oportunidades ante un panorama muy oscuro.
En la exposición, un álbum fotográfico familiar, histórico y contemporáneo, se podrán ver documentos de los protagonistas, cartas y objetos personales. Misivas donde la familia, primero en la Francia previa a la ocupación nazi, luego en la Argentina de Perón, sabía del destino de los suyos, allá en Europa: “La familia directa de mi abuela se había salvado”. No así otros primos y tíos, víctimas del Holocausto. La perspectiva del libro cambió, definitivamente.
El antisemitismo, ese irracionalismo
“Los dos fantasmas habrían de perseguirme por el resto de mi vida. La muerte la he tenido que aceptar por irremediable. El antisemitismo me sigue sublevando por irracional”, escribe Lucie. Le preguntamos a Enrique si cree que proyectos como el de “El siglo de las siglas” crean conciencia: “Pienso constantemente en ello, el proyecto puede servir para sacar de la ignorancia a muchos, y además creo que este tipo de obras culturales ofrecen una enorme gratificación a personas que ya están interesadas por estos temas. Son sensibles, cultas”.
¿Se vive igual el antisemitismo como azkenazí que como sefardí? “La comunidad sefardita se vio afectada mucho en el pasado más medieval, en estas latitudes sobre todo… pero las atrocidades que sufrieron los judíos europeos en la Europa del Este, Polonia, los países bálticos, es más reciente, es distinto”. El director de “Las huellas borradas” (1999) se pregunta por el caso francés, que todavía sangra por su herida (teniendo en cuenta que no ha pasado un siglo de la ocupación y el exterminio): “¿Cómo es posible que se vuelva a ese antisemitismo larvado? El que se le presupone a un buen francés de derechas… creo que asume el judaísmo a corrientes políticas extranjeras, como el bolchevismo”.
“Los dos fantasmas habrían de perseguirme por el resto de mi vida. La muerte la he tenido que aceptar por irremediable. El antisemitismo me sigue sublevando por irracional” (Lucie J. Lipschutz).
Un reconocimiento a la diáspora rusa
“España es altamente ignorante de su pasado judío, de la cuestión judía en general. Creo que este tipo de actividades culturales va dirigida a una selecta minoría”, dice Gabriel al tocar el tema de la diáspora judeoeuropea -centro de la exposición-, y rusa en particular. “Esa diáspora ha sido cotidiana en ciudades como Nueva York, París, Londres, Buenos Aires, pero no aquí, donde el tema judío se zanjó, tengo la impresión, hace siglos”.
El cineasta, que reside habitualmente en Nueva York, piensa que la condición de apátrida es bastante consustancial con el judaísmo en general, y con “su judaísmo” en particular: “Más que apátrida, multiapátrida… porque tengo varias patrias entre comillas y ninguna de ellas reúne las condiciones de fervor que se supone que tendría que sentir: pero Argentina, Francia, España… son lugares que viven en mí”.
“El siglo de las siglas” es un viaje repleto de preguntas relacionadas con la existencia misma, con el hecho de constituirnos, los seres humanos, como tiempo. “El tiempo y los sentimientos son lo más valioso que tenemos los humanos”, escribe Lucie J. Lipschutz. El sentimiento de pertenencia a un lugar concreto para la diáspora judeoeuropea -para todos, en realidad- es una amalgama de “transmisiones culturales” de los antepasados de cada persona. Si nuestros predecesores son capaces de transmitir ese relato, esa vida pasada, esa vicisitud más o menos exacta “uno se va sentir de cada lugar al pertenecieron”, concluye Enrique.
“[…] tengo varias patrias entre comillas y ninguna de ellas reúne las condiciones de fervor que se supone que tendría que sentir: pero Argentina, Francia, España… son lugares que viven en mí” (Enrique Gabriel).